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CUÍDESE DE LA AVARICIA

Los hombres sensatos pero pegados al suelo, acaban cometiendo el tremendo error de pensar que dedicarse a ganar dinero es lo único serio que se puede hacer en la vida.

Poseer puede llegar a ser una pasión avasalladora. Es una de las inclinaciones que más enloquecen. Se refuerza con el deseo de seguridad, de poder y de presumir, que proporciona el tener mucho.

La tendencia desordenada a poseer suele manifestarse en el amor al dinero. El dinero no es propiamente un bien, sino un medio convencional de cambio que permite obtener bienes. Es por eso, que el dinero da lugar a una forma de avaricia peculiar, que no se centra en bienes, sino en el medio que parece proporcionarlos. En el amor al dinero se manifiesta la avaricia, es decir, el deseo de poseer.

Parece obvio que el dinero es importante y que hay que esforzarse por conseguirlo. En nuestra sociedad, sin dinero no se puede vivir. Esto es verdad, pero hay que tener cuidado con las generalizaciones. Admitamos que no se puede vivir sin dinero, por lo menos en una sociedad civilizada. Pero a continuación hay que preguntarse cuánto dinero es necesario para vivir y también qué otras cosas, además de ganar dinero, importan en esta vida. Sería un círculo vicioso vivir para ganar dinero y ganar dinero sólo para vivir.

El dinero, desde luego, no es lo primero. Sería absurdo dedicarle la vida, sabiendo que la vida misma es un bien limitado. El dinero es un instrumento. Hay que saber para qué se quiere; cuánto se necesita; y lo que cuesta.

Muchos hombres que pueden considerarse verdaderamente sensatos y maduros porque son capaces de tomar decisiones ponderadas, de trabajar responsable y eficazmente, de organizar la vida de los demás, acaban cayendo, sin apenas darse cuenta, en esta tremenda insensatez. Viven como si realmente el dinero fuera lo único importante, y suponen loca y excéntrica cualquier otra visión de la vida.

Es curioso, pero a medida que maduran, toma fuerza en su espíritu esa convicción. Es como si las demás cosas de la vida, de las que se esperaba mucho en otros momentos como la familia, la amistad, el amor, las aficiones, etc. se fueran difuminando con el tiempo y sólo el dinero se presentara como un valor sólido e inquebrantable.

Es una sensatez insensata, olvidan un dato fundamental que se ha repetido a la largo de la historia: los hombres nos morimos y el dinero no lo podemos llevar a la tumba; ni comprar con él nada que allí no sirva. San Agustín nos lo recuerda: “Ni a nosotros ni a nuestros hijos nos hacen felices las riquezas terrenas. Pues, o las perdemos durante la vida, o después de morir las poseerá quien no sabemos, o quizá acaben en manos de quien no queremos. Sólo Dios nos hace felices, porque él es la verdadera riqueza del ama”.

Con dinero se pueden adquirir muchos bienes materiales, se pueden pagar muchos servicios; da garantías y seguridad de cara al futuro; prestigio, poder y consideración social. Son muchos los bienes que proporciona, pero no todos y ni siquiera los más importantes. El dinero, como es evidente, solo proporciona los bienes que se pueden comprar: cosas y servicios. El dinero no proporciona la paz del ama, ni el saber disfrutar de la belleza, ni la fuerza de la amistad, ni el calor del amor, ni las pequeñas delicias de una vida familiar, ni el saber saborear las circunstancias sencillas y bonitas de cada día, ni el encuentro con Dios. No proporciona inteligencia ni conocimientos. No proporciona honradez, ni paz; no hace al hombre virtuoso, ni buen padre de familia, ni buen gobernante, ni buen cristiano.

Amigo, cuídese de la avaricia.