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EN POS DE LA EXCELENCIA

Trabajar es algo que toda persona experimenta en la vida. De hecho, se estima que durante nuestra vida trabajamos, aproximadamente, unas cien mil horas ¿Qué le parece?

La Biblia declara que el trabajo es una bendición de Dios y que debemos ganar nuestro pan con el sudor de nuestra frente. Algunos creen que debemos ganar el pan con el sudor del de enfrente, pero en realidad es con el sudor de nuestra frente. Sin embargo, para una gran cantidad de gente en el continente, el trabajo se ha convertido en una gran carga emocional.

Recuerdo la historia de un joven llamado Juan, que a los veintinueve años de edad ya se sentía atrapado por su trabajo. Llevaba trabajando seis años como empleado en una gran tienda en Estados Unidos cuando le dieron un ascenso a gerente. Los primeros años como jefe fueron tal como él se lo había imaginado: horarios razonables, buen sueldo, prestaciones atractivas. La empresa siguió creciendo y le pidieron a Juan que se mudara a La Florida donde iban a abrir una nueva tienda.

Al principio, Juan estaba muy emocionado por la oportunidad y el desafío que se le presentaba. Sin embargo, el director regional le exigía cumplir con metas de producción cada vez más altas, sin importar lo que eso implicara. Esto comenzó a producir un desgaste por la tensión que Juan sentía en su vida. Ahora tenía que trabajar más horas, tenía mayor responsabilidad, pero como todo estaba incluido dentro de su salario no había ningún pago adicional. Poco a poco, empezó a crecer su resentimiento contra el empleador y muchas veces se preguntaba si debía continuar en ese trabajo.

Las frustraciones laborales de nuestro amigo Juan no son un hecho aislado y no solamente pasan en Estados Unidos, suceden en todo nuestro continente. El alto nivel de descontento que existe en el trabajo se debe, primordialmente, al aburrimiento, al no sentirse realizado con lo que uno hace, al miedo a quedarse cesante, a las remuneraciones inadecuadas y al exceso de trabajo. Estas frustraciones son las mismas para los médicos, las amas de casa y las secretarias, no importa qué ocupación uno tenga. Muchos se limitan simplemente a tolerar su trabajo, ignorando que una cuarta parte de la vida uno se la pasa trabajando, esa gente no vive, apenas sobrevive.

A su vez, hay otras personas que aman tanto su trabajo que descuidan otras prioridades de la vida, como por ejemplo: la esposa, los hijos, su vida espiritual. Las Escrituras nos enseñan bastante con respecto al trabajo. Nos dicen que debemos mantener un equilibrio en nuestra labor cotidiana, y que debemos encontrar satisfacción en nuestro trabajo. Por otro lado, también nos dice que debemos trabajar con límites.

Yo creo que las responsabilidades de trabajar se dividen claramente entre la parte de Dios y la nuestra. Este principio lo vemos visiblemente desde la creación del mundo: Dios pone a Adán en medio del huerto del Edén para que lo labre y lo guarde. A Dios le corresponde la provisión en el Edén, y a nosotros, el producir y administrar lo que Él nos da.

Si aprendemos esta gran verdad, aprenderemos a no estresarnos y a confiar en Él para la provisión de nuestras necesidades. Por otro lado, también podremos disfrutar de nuestro trabajo y hacerlo con excelencia para la gloria de Su Nombre.