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SER COMO LAS HORMIGAS

Salomón —el rico con más de 100 mil millones de dólares en el banco— solía aconsejarles a sus súbditos que aprendieran de las hormigas. Esos seres que, sin capitán ni jefe que los mande, ahorran durante el verano para cuando llegue el invierno.

Algunas personas se consideran ahorradoras: tratan de guardar y de ahorrar todo centavo que encuentren. Otros, en cambio, se ven como “inversores”. Este último grupo de gente es la que regularmente habla de “invertir” en una computadora, en un auto nuevo o en un televisor para el hogar. Pero olvidan que no podemos ahorrar gastando.

Aunque las campañas publicitarias nos digan: «compre y ahorre» o «compre ahora y ahorre después», es importante notar que uno no puede gastar y ahorrar al mismo tiempo. La excepción es cuando compramos para satisfacer una necesidad real y la compra se hace a un precio más barato del regular. Es por eso que debemos clarificar dos conceptos muy importantes: la necesidad y el deseo.

En la clase de Psicología se estudia, en alguna ocasión, la famosa “Escala de Maslow”. Esta divide las necesidades del ser humano en cinco esferas generales que van desde las más básicas (fisiológicas) hasta el sentimiento de autorrealización. Entre ellas se hayan otras como la necesidad de seguridad, de aceptación y de estima propia.

Definimos como “necesidad económica” todo aquello cosas que realmente necesitamos para sobrevivir: alimentos, ropa, un techo que nos albergue, etc. No solo cosas materiales, sino todo lo que necesitamos para sobrevivir como seres humanos. También se incluyen la seguridad, la salud y el transporte, entre otros. Debemos darles a nuestras necesidades el nivel de prioridad más alto. Es recomendable que procuremos suplirlas a toda costa. Allí deben ir nuestros recursos financieros sin mayores dudas ni retrasos.

Cuando hablamos de las compras que “tenemos” que hacer, no se trata de una necesidad sino de un deseo. Este puede ser cualitativo (en el que expresamos el deseo de una calidad más alta que la necesidad real) o uno propiamente dicho (en el que simplemente queremos tener algo que nos gusta). Sin embargo, hay que recordar que deberíamos satisfacer nuestros deseos después haber satisfecho nuestras necesidades, si tenemos los recursos económicos para ello.

Por lo tanto, antes de salir de compras, debemos tener clara la diferencia entre una necesidad y un deseo. En estos días, la gente tiende a decir: «necesito una computadora» o «necesitamos una cámara digital para sacar fotos» cuando, en realidad, deberían decir: «¡cómo me gustaría comprarme una computadora!» o «¡cómo nos gustaría tener una cámara digital!».

Lamentablemente, en los últimos treinta años, los mercadólogos nos han convencido de que los deseos son “necesidades”. Entonces, empezamos a experimentar una ansiedad interior que nos impulsa a satisfacerla. Por lo tanto, en vez de ahorrar para el invierno de la vida, gastamos cada centavo durante el verano. Es entonces cuando dejamos ir el dinero en cosas que podrían esperar y nos olvidamos de proveer para aquello que realmente necesitamos (en forma inmediata o a largo plazo).

Aprendamos de las hormigas: ahorremos mientras podamos para cuando vengan los tiempos difíciles.